SALAMANDER

Salamander

2024-2026 

Vitral emplomado 50 x 27,5 cm

La presente vidriera se configura como una relectura crítica del poema Two-Headed Calf de Laura Gilpin, desplazando el eje narrativo desde la figura central del ternero hacia un elemento secundario: la salamandra. Este gesto de descentramiento introduce una segunda capa interpretativa que transforma la escena original en una reflexión sobre la mirada, la pasividad y la responsabilidad ética del espectador contemporáneo.

Formalmente, la obra se inscribe en la tradición de la vidriera medieval mediante el uso de técnicas históricas como la grisalla —desarrollada ampliamente desde el siglo XII— y el emplomado. La aplicación de grisallas sobre vidrio permite articular un lenguaje visual basado en el claroscuro, el modelado y la contención cromática, en diálogo con zonas de color más saturado que evocan lo sublime y lo inasible, como el cielo incandescente que domina la composición. Esta recuperación de técnicas tangibles y materiales no es meramente formalista, sino que se plantea como una toma de posición frente a un presente caracterizado por la desmaterialización de la experiencia y la sobreabundancia de imágenes.

En el plano iconográfico, la obra articula un sistema simbólico complejo. El ternero bicéfalo, aparentemente central, actúa como señuelo visual, mientras que la salamandra —objeto de su mirada— se erige como clave interpretativa. Tradicionalmente asociada a la resistencia al fuego y a la transformación, aquí la salamandra se resignifica como figura del espectador contemporáneo: un sujeto que presencia situaciones de violencia extrema sin capacidad efectiva de intervención. En este desplazamiento se inscribe una reflexión sobre la condición de los ciudadanos europeos frente a conflictos internacionales como el de Palestina, donde la conciencia crítica y la empatía coexisten con una profunda impotencia política.

El paisaje inferior refuerza esta lectura. Las flores de nomeolvides introducen una dimensión memorialista, señalando la fragilidad de la memoria colectiva y sugiriendo que el olvido —o su intento de resistencia— constituye una de las pocas acciones disponibles para el individuo. Por su parte, las liebres, tradicionalmente vinculadas a la fertilidad y al orden natural, funcionan como contrapunto simbólico: encarnan una armonía que se percibe amenazada o desplazada por la violencia estructural del contexto aludido.

La obra plantea así un doble conflicto: externo, vinculado a la persistencia de situaciones de injusticia y violencia —como el genocidio en Palestina—, e interno, relativo a la experiencia de quienes, aun siendo conscientes y posicionándose éticamente, carecen de mecanismos reales de incidencia. Este desajuste entre conciencia y acción pone en cuestión la eficacia de las formas contemporáneas de participación política y social, evidenciando una crisis de agencia en las democracias actuales.

En este sentido, la vidriera no solo representa una escena, sino que interpela directamente al espectador, situándolo en una posición incómoda: la de reconocerse en la salamandra. La mirada deja de ser inocente para convertirse en un espacio de tensión entre responsabilidad y parálisis. La obra señala, por tanto, una progresiva devaluación de la vida humana y de la dignidad, en la medida en que ambas quedan subordinadas a dinámicas geopolíticas y económicas que exceden el control de los individuos.

En última instancia, esta pieza propone un diálogo entre pasado y presente, entre técnica histórica y problemática contemporánea, para cuestionar no solo lo que vemos, sino cómo lo vemos y qué implica seguir mirando.

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